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Tenemos un taller pequeño, pero nos apañamos lo mejor que podemos.

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio y en nuestro caso inventamos sobre la marcha alguna herramienta o artilugio para hacernos más fácil la tarea. Desde un secadero para el papel ya impreso pasando por pisos de madera y chapa de acero, una herramienta para calibrar los rodillos y el tímpano o un invento para mover a Guadalupe. Pasamos más tiempo con estas cosas que haciendo pruebas de impresión. Esperamos tener listo el minitaller antes de primavera.

 

La gordita baja al suelo

Hasta hace poco a Guadalupe la teníamos sobre unas tablas con ruedas que nos permitía moverla con facilidad pero una vez adecentada Rayuela, su sitio estaba reservado y llegó la hora de bajarla de la plataforma al suelo. Calculo que la Minerva de palanca tamaño folio (Guadalupe) pesa unos 300 kilos y no estabamos dispuestos a desmontarla para moverla. Con cuatro gatos, unas maderas y el trabajo en equipo conseguimos bajarla de las nubes. Nos sentimos como arquitectos egipcios de la época de Tutankamón moviendo una gran piedra para la Esfinge de Guiza. Guadalupe está ya en el suelo pero nos llevó más de dos horas todo el proceso, con su momento de peligro de derrumbe incluido.

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Calibrar a Guadalupe no ha sido fácil

Estas máquinas requieren ajustes para una correcta impresión. La altura de los rodillos, el tímpano y su cama deben estar perfectamente alineados para que todo funcione correctamente y el tamaño de las tuercas y tornillos que hay que manipular para conseguir la precisión deseada son muy grandes, una décima parte de un milímetro puede ser crucial. Es algo así como enhebrar una aguja con guantes de boxeo.

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Intentamos ajustar la cama y los rodillos con el método de ensayo y error : imprimiendo una y otra vez para corregir los fallos de inclinación o altura de los rodillos pero resultó muy farragoso, sucio y desesperante. Al final, tras hojear algún libro de letterpress, optamos por hacer esta herramienta que funciona bastante bien. Consta de un piso de madera sobre un espacio de plomo recortado al que le unimos una varilla de aluminio para ponerlo en el sitio que deseo medir y que el tímpano no lo impida.

 

El secadero no es de jamones

Pronto nos dimos cuenta de que la tinta tipográfica se seca muy lentamente, solo un poco basta para ensuciar todo lo que está a su alrededor, a veces no sé ni como demonios llega la mancha de tinta a determinados sitios. Separar el espacio del papel del de la tinta es imprescindible y dejar reposar la tinta impresa en el papel se ha convertido en una obsesión, era necesario un secadero y nada más fácil que unos listones con cortes de sierra paralelos para posar las tarjetas, tarjetones o lo que sea que vaya a imprimir.

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La tinta que usamos es de Martínez Ayala y es especial para tipografía, se seca bastante más lentamente que la offset estándar, esto permite tener la tinta mucho tiempo viva en los rodillos y el plato pero tiene el inconveniente de que se seca muy lentamente, la paciencia es la madre de todo los secados.

 

El piso

Tenemos pisos de varios tamaños, sirven para imprimir con clichés, los clichés son como sellos de diferentes materiales: fotopolímero, zinc o magnesio. Para usar exclusivamente estos elementos es mejor disponer de unos pisos grandes que te permitan colocar los clichés fácilmente en su sitio exacto y si además tienes varios resulta más sencillo imprimir a más de una tinta. Lo mejor es tener dos o tres de aluminio, pero no he encontrado ninguno de segunda mano. Lo mejor era hacernos unos a medida.

 

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El que aparece en la imagen es el primer prototipo pero estamos trabajando en uno bastante más apañado. Está hecho con madera y chapa de acero y su grosor total está pensado para ser usado con fotopolímeros de 0,94mm, de esta manera la altura total del sandwich es la correcta.

Lo sorprendente del artilugio es dónde conseguimos la madera, es una tabla de cortar… sí de la cocina, esa que se usa para cortar el chorizo. Buscando tacos de madera en muchas tiendas de bricolaje nos dimos cuenta de que ninguna tabla tenía el grosor deseado. Fue pura casualidad que nos fijamos en una tabla de la cocina y ¡eureka! era justo la medida que estabamos buscando. Evidentemente compramos una nueva.

Y hasta aquí podemos contar nuestro particular viaje a Ítaca.